Nunca me había negado a la tenue luz del cielo gris.
Los días lluviosos me eran necesarios y las nubes negras elegantes,
pero después de estas semanas apagadas y esta última fría y triste
como un callejón de arrabal metropolitano…
Me he dado cuenta que preciso del celeste que pinta el cénit,
y no sólo por belleza y simpleza, pues confinado en el septentrión,
el azul es mucho más que eso para un sureño:
es un recuerdo melancólico, es un precioso sueño.