Aprendí a andar en una tierra mozárabe, digna de caballeros y reyes,
de pensadores y poetas. Una tierra de palacios, alcázares y mezquitas,
rodeados de callejones, una tierra, sin duda, que roba corazones.
Una tierra árida y verde, de trigo y encinares, de llano y de sierra.
Una tierra dividida en dos por el cauce curvo de la roca y el tiempo.
Una tierra sin horizontes fijos, una tierra tranquila, lejana de la guerra.
Allí crecí contando los años en mayo, cuando abrían los azahares,
veranos de la infancia largos como años e intensos como vidas.
De la tierra que tanto me enseñó, siempre llevaré conmigo gente noble y protectora.
Hegemónica cristiana, reina mora; una novela titulada Córdoba.
Como toda novela, terminó, y como toda buena novela, tuvo un buen final.
Un final que me llevó a vivir otra historia…
Una historia que me ha hecho ser yo.
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